“Vi cuando el Cordero abrió el primero de los siete sellos, y oí al primero de los cuatro vivientes gritar como con voz de trueno: ‘Ven’. Se presentó un caballo blanco. El que lo montaba tenía un arco. Lo coronaron y partió como vencedor y para seguir venciendo. Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo viviente gritar: ‘Ven’. Salió entonces otro caballo color fuego. Al que lo montaba le ordenaron que desterrara la paz de la tierra, y que hiciera que se mataran unos a otros; para esto se le dio una gran espada. Cuando abrió el tercer sello, oí gritar al tercer viviente: ‘Ven’. Esta vez el caballo era negro y el que lo montaba tenía una balanza en la mano. Entonces de en medio de los cuatro vivientes una voz pronunció estas palabras: ‘Una medida de trigo por una moneda de plata, y tres medidas de cebada por una moneda también. Pero no dañes al aceite ni al vino’. Cuando abrió el cuarto sello, oí el grito del cuarto viviente: ‘Ven’. Se presentó un caballo verdoso. Al que lo montaba lo llaman la muerte, y detrás de él montaba otro: el lugar de los muertos. Se le dio permiso para exterminar la cuarta parte de los habitantes de la tierra por medio de la espada, del hambre, de la peste y de las fieras”
El número “cuatro”, en las sagradas escrituras, significa “universal”, porque “cuatro” son los puntos cardinales, a saber: Norte, sur, oriente y occidente. Para entenderlo, lee lo que está escrito:
“Pregunté al ángel qué quería decir eso y su respuesta fue: ‘Estos marchan en dirección de los cuatro puntos cardinales después de haberse presentado al Señor del mundo entero. Los caballos rojos se dirigen al oriente, los negros hacia el norte, los blancos hacia el occidente, y los overos hacia el sur”
Zacarías 6, 4 - 6
En Dios se combina, perfectamente, la “universalidad” y la “plenitud”. Nuestro Señor es Dios del Universo. En el Todo Poderoso se encuentra la fuente de la vida temporal y eterna. Así, como los “cuatro evangelios” contienen la “plenitud” del mensaje de Nuestro Señor Jesucristo, a hombres y mujeres, de toda raza, lengua, pueblo y nación. Así, también, los “cuatro jinetes del Apocalipsis” designan los grandes acontecimientos universales, que movieron, mueven, y moverán la historia del hombre.
El término “Cordero”, en el Nuevo Testamento, hace referencia a Cristo Jesús, Nuestro Señor. En el relato de los cuatro jinetes del Apocalipsis, cada vez que Jesucristo abre uno de los sellos del libro, se escucha el grito de uno de los “cuatro seres vivientes”. Los “cuatro seres vivientes” representan a los cuatro evangelistas, a saber: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Los “mensajeros de Dios”, de todos los tiempos, están representados, perfectamente, por los cuatro evangelistas. Los actuales y verdaderos “mensajeros de Dios”, proclaman la doctrina contenida en el Magisterio de la Iglesia, fundada por Cristo Jesús. La iglesia fundada por Nuestro Señor es: Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana. Nuestra Iglesia peregrina por la Tierra, y es enviada, a cada rincón del planeta, para dar testimonio de Nuestro Señor Jesucristo, a cada hombre y a cada mujer, de este mundo. No olvidemos que el término “Católico”, significa “universal”. Así, cada grito de cada ser viviente, nos recuerda el anuncio, el quejido y el dolor, con el cual vivimos y vive la Iglesia Universal, cada ruptura de cada sello de la historia de la humanidad, a través de los siglos.
Los “cuatro jinetes del Apocalipsis” siempre han representado, las cuatro grandes realidades de la historia, del mundo antiguo y moderno: La Palabra de Dios, la Guerra, el Hambre y la Peste.
El pasaje: “Vi cuando el Cordero abrió el primero de los siete sellos, y oí al primero de los cuatro vivientes gritar como con voz de trueno: ‘Ven’. Se presentó un caballo blanco. El que lo montaba tenía un arco. Lo coronaron y partió como vencedor y para seguir venciendo”, se refiere a la Palabra de Dios dada por Jesucristo, Nuestro Señor. Cristo es el Verbo de Dios, Cristo es aquel que pelea el buen combate. El buen combate es el combate espiritual, que se hace contra las fuerzas del mal: “Se presentó un caballo blanco. El que lo montaba tenía un arco”. Cristo es Rey de Reyes y Señor de Señores. Cristo ha vencido al mundo, porque en Él no se halló pecado, y, por su sangre derramada en la cruz, han sido sanadas nuestras heridas. Por eso, Nuestro Señor recibe la Corona de Gloria, de manos de su Padre: “Lo coronaron y partió como vencedor y para seguir venciendo”. La expresión: “y oí al primero de los cuatro vivientes gritar como con voz de trueno”, nos recuerda la fuerza y la potencia, propias de la voz de Dios, tal como está escrito:
“Dijeron a Moisés: ‘Habla tú con nosotros, que podremos entenderte; pero que no hable Dios, no sea que muramos”
Éxodo 20, 19
La Palabra de Dios es el primer signo del final de los tiempos, porque Cristo mismo nos enseña: Que una vez se haya proclamado el Evangelio por todo el mundo, se dará comienzo a los últimos tiempos. Así está escrito:
“Esta Buena Nueva del Reino será proclamada por todas partes del mundo para que la conozcan todas las naciones, y luego vendrá el fin”
San Mateo 24, 14
Hoy en día, el Evangelio es conocido en todos los rincones del planeta. Esta es una señal apocalíptica que no se debe menospreciar. La conciencia humana sabe que Cristo es Dios, y solo en Él está la verdad. Sin embargo, los hombres y las mujeres de este mundo, se niegan a creer, porque no quieren apartarse de sus vicios y sus pecados.
Desde que existe el hombre, existe la guerra. La lucha por el poder político y económico, siempre ha estado en el corazón del ser humano. La historia de la humanidad se puede narrar con el auge y caída de grandes imperios, a lo largo de los siglos. La guerra encarna la crueldad propia del diablo, y de sus ángeles caídos. Así, no resulta fácil de explicar a cuales guerras, como signo del final de los tiempos, se refiere Jesús, cuando anuncia:
“Se hablará de guerras y de rumores de guerra. Pero no se alarmen, porque todo eso tiene que pasar, pero no será todavía el fin. Unas naciones se levantarán en contra de otras, y pueblos contra otros pueblos…”
San Mateo 24, 6 - 7
Desafortunadamente, no es para nada extraordinario, pensar que las guerras que menciona Cristo en su Evangelio, sean, precisamente, las pasadas y futuras guerras mundiales: “Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo viviente gritar: ‘Ven’. Salió entonces otro caballo color fuego. Al que lo montaba le ordenaron que desterrara la paz de la tierra, y que hiciera que se mataran unos a otros; para esto se le dio una gran espada”. Este fragmento se refiere a la guerra, como común denominador de la historia de la humanidad, y como segundo signo del final de los tiempos. Dado el carácter universal que tiene el mensaje de “los cuatro jinetes del Apocalipsis”; y tomando en cuenta la expresión: “Al que lo montaba le ordenaron que desterrara la paz de la tierra”, es muy probable, que se esté haciendo referencia a las recientes y futuras guerras mundiales, porque se habla de “desterrar la paz de la tierra”. Es muy diferente si el autor escribiera, por ejemplo: “desterrar la paz de Israel”, o, “desterrar la paz de Egipto”. El pasaje precedente del Evangelio: “Se hablará de guerras y de rumores de guerra”, también es motivo de preocupación, por los vientos de guerra que viajaron por el mundo, en la pasada Guerra Fría; y por la actual y creciente tensión mundial, entre países comunistas, islámicos y capitalistas.
Era muy común en la antigüedad, que el imperio enemigo sitiara a una ciudad amurallada, hasta hacerla morir de hambre, para después entrar en ella y saquearla. En África no es extraño aún encontrar poblaciones enteras que mueren de inanición, por la presencia de grupos armados comunistas que viven en guerra, y no permiten la entrega de alimentos y ayudas humanitarias a los más débiles e indefensos. El hambre aparece en tercer lugar, porque ha sido y será, una de las más lamentables consecuencias de la guerra:
“Cuando abrió el tercer sello, oí gritar al tercer viviente: ‘Ven’. Esta vez el caballo era negro y el que lo montaba tenía una balanza en la mano. Entonces de en medio de los cuatro vivientes una voz pronunció estas palabras: ‘Una medida de trigo por una moneda de plata, y tres medidas de cebada por una moneda también. Pero no dañes al aceite ni al vino’ “
Igualmente, este texto nos hace reflexionar sobre la actual y futura carestía de los artículos de primera necesidad. En el tiempo de Cristo, pagar “un denario por una medida de trigo”, o, comprar “tres medidas de cebada por una moneda” era un atropello; puesto que un denario era equivalente a una moneda de plata, y una moneda de plata era el pago a un jornalero por un día entero de trabajo. Hoy en día, el hambre y la carestía son los valores agregados de la injusticia social, la crisis económica mundial, y la falta de oportunidades laborales. El hambre también aparece en el Evangelio, como un signo del final de los tiempos.
“…Habrá hambres y terremotos en diversos lugares. Pero todo esto no será sino los primeros dolores del parto”
San Mateo 24, 7 - 8
Todo sacerdote católico es ungido con aceite, en el momento de la ordenación ministerial. El Espíritu Santo se comunica mediante la unción con aceite consagrado, en la celebración de varios de los distintos sacramentos de la Iglesia. En toda Eucaristía se consagra el pan y el vino. El vino, en la Celebración Eucarística, se convierte en la Sangre del Señor. De esta manera, La expresión: “Pero no dañes al aceite ni al vino”, se refiere a la forma como, la Divina Providencia, cuida, de los misioneros católicos y de la celebración de la santa Eucaristía, en las zonas más abandonadas y pobres del planeta. En muchas de estas apartadas zonas de la geografía universal, el hambre hace estragos en medio de la población civil. Oremos a Dios, para que cese el hambre, que azota a millones de inocentes, alrededor del mundo.
A lo largo de la historia, siempre han existido hambrunas, y nunca han faltado movimientos telúricos y desastres naturales. Sin embargo, es preocupante saber que: Entre los 45 terremotos más fuertes de la historia del mundo, (desde el siglo IV de nuestra era), 27 temblores han ocurrido desde el año 1908 hasta nuestros días. En el solo siglo XX ocurrieron 23, de los 45 terremotos más desastrosos, en 17 siglos de historia universal. Según el texto anterior, del Evangelio de San Mateo, es muy difícil que esto sea una simple coincidencia. Esta es una clara advertencia que estamos viviendo los “primeros dolores del parto”, necesarios para la purificación por la que transitará la humanidad, para su futura conversión y preparación, a la segunda venida de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
Durante siglos, diferentes pestes y pandemias han sido el flagelo de la humanidad. Entre las más terribles se encuentran: La viruela, la gripe española, la peste negra, la malaria, el VIH SIDA, el cólera, etc. Muchas de estas enfermedades han sido causadas por el mismo pecado del hombre. En algunas ocasiones ha sido la guerra, (como la famosa gripe española, fruto de la primera guerra mundial en 1918); en otras oportunidades ha sido la falta de disciplina sexual. No es que Dios castigue, directamente, a la raza humana con pestes y pandemias; lo que Dios quiere es la conversión de la humanidad, para que ésta no se siga contaminando con inmoralidades sexuales, que llevan consigo enfermedades como el VIH SIDA. La peste es la cuarta de las señales del final de los tiempos, como está escrito en el Evangelio, y en el libro del Apocalipsis:
“Habrá grandes terremotos, pestes y hambre en una y otra parte. Se verán también cosas espantosas, y señales terribles en el cielo”
San Lucas 21, 11
“Cuando abrió el cuarto sello, oí el grito del cuarto viviente: ‘Ven’. Se presentó un caballo verdoso. Al que lo montaba lo llaman la muerte, y detrás de él montaba otro: el lugar de los muertos. Se le dio permiso para exterminar la cuarta parte de los habitantes de la tierra por medio de la espada, del hambre, de la peste y de las fieras”
San Juan en el libro del Apocalipsis; al igual que el Profeta Daniel en el Antiguo Testamento; tiene la costumbre de representar, simbólicamente, mediante imágenes de fieras o bestias, el poder perseguidor y seductor de satanás sobre el Pueblo de Dios, como está escrito:
“Entonces vi subir del mar a una bestia con siete cabezas y diez cuernos, en los cuernos diez coronas y en las cabezas títulos que desafiaban a Dios”
Apocalipsis 13, 1
“Después vi surgir del continente otra bestia que llevaba dos cuernos como los del Cordero, pero hablaba como el monstruo”
Apocalipsis 13, 11
En los dos textos anteriores, San Juan se refiere a un par de fieras detestables y peligrosas, las cuales son explicadas, detalladamente, en la interpretación del Capítulo XIII. Me veo en la lamentable obligación de mencionar estas “dos fieras inmundas”, porque a éstas se refiere el autor del Apocalipsis, cuando escribe:
“y detrás de él montaba otro: el lugar de los muertos. Se le dio permiso para exterminar la cuarta parte de los habitantes de la tierra por medio de la espada, del hambre, de la peste y de las fieras”
En todo el libro del Apocalipsis, no existe un fragmento más fascinante para interpretar, que aquel que está escrito a continuación:
“Cuando abrió el cuarto sello, oí el grito del cuarto viviente: ‘Ven’. Se presentó un caballo verdoso. Al que lo montaba lo llaman la muerte, y detrás de él montaba otro: el lugar de los muertos. Se le dio permiso para exterminar la cuarta parte de los habitantes de la tierra por medio de la espada, del hambre, de la peste y de las fieras”
Dada la complejidad propia del anterior pasaje apocalíptico, en el link correspondiente a “Las Profecías del Fin del Mundo”, se descifrarán, todos y cada uno, de los elementos reunidos, en esta extraordinaria profecía. Para poder comprender el significado sobrenatural del anterior texto del Apocalipsis, el lector deberá leer todo el contenido del link, perteneciente a “Las Profecías del Fin del Mundo”; para así, entender la exégesis completa, que aparece al final del contenido del link correspondiente a “Las Profecías del Fin del Mundo”.
Señor Padre Todo Poderoso y Eterno, permite la conversión de los pecadores de este mundo. Que el mundo se acoja al Inmaculado Corazón de María y al Sagrado Corazón de Jesús, para que todos seamos uno, como Dios es uno y el mismo. Te lo pido por los méritos de la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, quien vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.